El regalo de Evo a AMLO

La noticia del exilio de Evo Morales a México, le cayó como una bendición al gobierno de AMLO, tan demeritado en estas últimas semanas por la liberación de Ovidio Guzmán, los actos de narcoterrorismo en Culiacán y la masacre de la familia LeBarón, en Chihuahua, donde murieron los mellizos de ocho meses, entre otros cuatro menores de edad y tres mujeres.

Lo de Evo no fue un golpe de estado. Su renuncia fue motivada por un grosero fraude electoral: la Organización de los Estados Americanos (OEA) fiscalizó la elección que habría llevado a Evo a un cuarto mandato presidencial y determinó que más del 30 por ciento de las urnas estaban infladas de votos, un número de sufragios mayor al de electores. Fue un fraude a la antigüita, esos que tanto condenó el presidente Andrés Manuel.

Evo es un cobarde, pues los actos violentos se suceden una vez que el ex presidente de Bolivia sale de su país y se dirige a México, auspiciados por sus seguidores a gritos de ¡ahora sí, guerra civil! Y las imágenes son contundentes, donde se ven a policías, elementos del ejército golpeados y sangrentados, siendo paseados por las calles de Bolivia por encapuchados. Otra vez esos encapuchados, signos ominosos de la violencia política y que se repiten en Chile y hasta en México.

Lo llaman golpe de estado, pero en los 19 días de protestas que fueron el preámbulo de la salida de Morales, no se había registrado ningún muerto. Ahora suman tres, todos ellos simpatizantes de la transición democrática, activistas que exigían la renuncia de Evo Morales. No fue un golpe de estado porque actualmente los militares no detentan el poder; nadie sabe, a ciencia cierta, quién lo tiene.

Para golpes de estado los que se dieron en Cuba, en Venezuela y en otras regiones donde el discurso fraccionario empodera a figuras, a personas que se enquistan en el poder y generan equilibrio, pero en detrimento de principios democráticos irrenunciables, que son esenciales para la libertad del ser humano.

En teoría debería ocupar el cargo que dejó Evo la presidenta del senado en Bolivia, pero ésta no ha podido ungirse como presidenta interina y llamar a unas nuevas elecciones, como lo establece su constitución, porque no ha alcanzado el quórum necesario. Es claro que Evo seguirá maquinando desde México para impedir que se consolide un gobierno provisional en Bolivia y anuncie, en 90 días, nuevas elecciones.

Todo esto le cae de perlas al gobierno de AMLO, cuyos niveles de popularidad cayeron a su mínimo histórico, un 58 por ciento, el nivel más bajo desde que comenzó a gobernar. Por lo menos esta semana y la próxima el tema será Evo, hasta que la violencia, la inseguridad y la crisis económica, realidades insoslayables, vuelvan a tocar la puerta de Palacio Nacional, en la mañanera del presidente.

Dos puntos

De nueva cuenta el presidente es incongruente: Trump no se cansa de insultar a los mexicanos, de acusarnos de violadores y asesinos, lo cual nunca ha ameritado una palabra de defensa del presidente López Obrador a todos estos insultos, arguyendo siempre una política de no intervención en asuntos extranjeros. Y ahora, con la salida de Evo de Bolivia calificó el hecho como un golpe de estado. ¿Dónde quedó su política diplomática de no decir nada, de chitón?